Por Ruperto Concha

El tema de la estrategia, del enfrentamiento bélico, está haciéndose sentir nuevamente muy fuerte, detrás de la cortina espesa de la pandemia de coronavirus, centrándose en la rivalidad entre China y Estados Unidos.

Dentro de la retórica de propaganda electoral que culmina en noviembre próximo, demócratas y republicanos rivalizan en lanzar acusaciones, desprovistas de fundamento real, haciendo aparecer a China como culpable de la transmisión de la pandemia en el resto del mundo.

El propio Secretario de Estado, Mike Pompeo, afirmó que tiene pruebas “enormes” de que el virus se originó en un laboratorio chino. Sin embargo, los servicios de inteligencia de Estados Unidos han reiterado que no existe prueba alguna que justifique tales acusaciones.

El gobierno de Donald Trump ha dejado entrever diversas medidas de castigo contra China. Pero en realidad Estados Unidos necesita desesperadamente mantener buenas relaciones con China para vender sus productos agrícolas y petrolero. Un mercado que si se llegara a cerrar abruptamente le costaría a Estados Unidos cientos de miles de millones de dólares.

De ahí que tengamos ante nosotros una especie de comedia de contradicciones en que Washington lanza amenazas terribles y de inmediato anuncia un entendimiento “casi amistoso” con Beijing.

Pero, en tanto, los desplazamientos militares en toda la zona del Pacífico Centro Sur, muestran que China tiene muy claro que Estados Unidos finalmente podría desatar la guerra.

Para los analistas de la Fundación Strategic Culture, de Washington, Estados Unidos ya no tiene suficiente poder como para asumir esa guerra.

En estos momentos, señalan los analistas, China, Rusia y la India constituyen un centro de poder que de hecho es superior al de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)  completa en recursos primarios, recursos humanos, ciencia aplicada y tecnología en pleno funcionamiento.

¿Por qué en Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas insisten en la necesidad de convertir a China en una potencia enemiga?

Occidente y Oriente hoy

El sabio general Sun Tzu vivió en la China hace más de dos mil 500 años y fue el más exitoso jefe militar en el período de los Reinos Combatientes, que culminó luego con la unificación de la China Imperial.

Su obra El Arte de la Guerra sigue siendo en nuestros días una síntesis de la sabiduría necesaria para que una guerra no sea solo una bestial pesadilla, y que la victoria se alcance provocando un daño mínimo. Más aún, según Sun Tzu, la mejor guerra es la que se gana sin entrar en batalla.

Entre sus afirmaciones esenciales, Sun Tzu dice: “Si conoces a tu enemigo y te conoces a ti mismo, no temas el resultado de cien batallas. Pero debes conocerte a ti mismo muy bien, antes de que puedas conocer a tu enemigo”.

¿Es capaz Estados Unidos y la OTAN, de conocer cómo son sus supuestos enemigos? Esa potencia apellidada “Occidente” ¿qué entiende de las ambiciones de las potencias orientales?

Los políticos y los votantes, en nuestra actualidad, parecen patéticamente ignorantes de la Historia de la Humanidad. Es decir, parecen condenados a tropezar una y otra vez en la misma piedra.

De hecho, no parecen darse cuenta de que los dos llamados “imperios” orientales, China y Rusia, no han sido jamás imperios, en el sentido de conquistar y someter a otras naciones.

Las poderosas naves chinas que recorrían el Pacífico Sur, llegaban regularmente hasta África e incluso alcanzaron también las costas del Pacífico en América del Norte, con una presencia que, invariablemente, fue solo comercial. No hubo ni una sola invasión imperialista china similar a la de los imperios de España, Francia o Gran Bretaña.

En cuanto a Rusia, su expansión se dirigió a su propio territorio, buscando sus fronteras en el Mar Negro al sur, y en el lejano oriente siberiano.

El llamado “imperialismo soviético” en realidad no fue propiamente un imperialismo ruso. Recordemos que los líderes Lenin y Trotsky eran judíos, Stalin era georgiano y Nikita Khruschev era ucraniano. Es decir, el llamado “imperio soviético” era un imperio ideológico, no de una nación.

China y Rusia: líderes de una constelación de naciones

Hemos visto cómo, tras la desintegración de la Unión Soviética, en Estados Unidos emergió la tesis del “Nuevo Siglo Americano”, y el “Destino Manifiesto de Estados Unidos” para gobernar el resto del mundo según sus propias disposiciones.

De hecho, se generalizó la noción, totalmente falsa, de que la desintegración de la Unión Soviética habría sido prueba del fracaso económico y social del socialismo y el estatismo.

Y ese falso diagnóstico omitió la realidad del éxito portentoso de la conducción soviética desde 1917 hasta la crisis en la década de los 90. Y omitió que el derrumbe soviético se produjo por la corrupción de los grupos de poder que luego se llamarían el “Estado profundo” en el resto del mundo.

Así, mientras en Occidente se reproducía el mismo fenómeno de corrupción política, social y económica, en los dos grandes centros del antiguo comunismo, Rusia y China, comenzaba una reconstrucción profunda enfocada al bienestar económico y a una poderosa estructura jurídica y judicial moderna que permitiera dar un prodigioso salto hacia adelante.

“Las oligarquías transnacionales comprenden que un nuevo orden internacional multipolar implicaría necesariamente una nueva economía y una nueva cultura político-social”

Como bien lo señaló el presidente ruso Vladímir Putin: “A Rusia no le interesan las conquistas. Lo que queremos es hacer buenos negocios con países prósperos y en paz”.

Fue en un período increíblemente corto que Rusia logró salir de la caótica miseria que siguió al fin de la Unión Soviética, y que China, desde el seno del Partido Comunista, logró renovar no solo su economía, sino la sociedad china misma, de más de mil 300 millones de personas que súbitamente, fíjese Ud., se volvieron modernas.

En momentos en que la Estación Espacial Internacional está próxima a ser desmantelada en 2024, China ya está en condiciones de poner en órbita su propia y enorme estación espacial.

Y en términos de capacidad de hacer frente al desastre económico del Covid-19, mientras todo Occidente se encuentra en ruinosa recesión, ya esta semana pasada se conoció el repunte de las exportaciones chinas que crecieron un 3.5%  por encima del mes de abril de 2019.

Es decir, China y Rusia aparecen encabezando una constelación de naciones enlazadas por un comercio vigoroso, que también abarca a importantes naciones que han caído en desgracia con Estados Unidos.

Pakistán y Afganistán, Turquía, Irán, Siria, el Líbano, Irak, Jordania, Libia, Sudáfrica y varios Estados del sudeste africano, además de, en Europa, Serbia, Croacia y en cierta medida Italia… y ahora también Filipinas y la mayor parte de los estados de la Polinesia.

Mientras simultáneamente los tradicionalmente aliados de Estados Unidos, Japón y Corea del Sur se están esforzando por mantener buenas relaciones con China, incluso desafiando algunas de las presiones de Washington.

O sea, en los primeros 20 años del siglo XXI, el mundo oriental se fue volviendo más y más fuerte, mientras que el mundo occidental aparece debilitado económicamente y disgregado en posiciones nacionalistas reacias a la colaboración internacional entre sí y con el resto del mundo.

De igual manera, en el seno de las Naciones Unidas se hace cada vez más notoria la disposición de apoyo a las posturas de China, India y Rusia, desafiando a Estados Unidos que aparece cada vez más aislado. De hecho, en el Consejo de Seguridad, Estados Unidos fue el único país que paralizó la propuesta rusa de acordar una tregua total en todas las guerras que se están peleando en estos momentos, al menos mientras dure la pandemia.

Mundo multipolar

En otros términos, son los países de lo que podríamos llamar el “Bloque Oriental” los que se inclinan al intento de establecer un régimen de colaboración internacional multipolar, centrada en las Naciones Unidas, que, ciertamente, tendrían que reformarse democráticamente.

En buenas cuentas, el sueño o el anhelo que se perfila apunta a crear un sistema de leyes y procedimientos jurídicos eficaces que sean realmente vinculantes, y garanticen un límite transparente en materias militares, previendo e impidiendo que vuelva a producirse una concentración del poder militar, como en el caso actual, que pueda amenazar al ordenamiento jurídico mundial.

Las oligarquías transnacionales comprenden que un nuevo orden internacional multipolar implicaría necesariamente una nueva economía y una nueva cultura político-social.

Para esa cúpula del poder económico neoliberal, la amenaza es absoluta. Es el fin de la concentración de la riqueza, de la cultura basada en el consumismo, y de la política subyugada al dinero.

En Estados Unidos, demócratas y republicanos son la misma cosa al enfrentar el mundo. Recordemos que John Biden, el candidato demócrata alternativo a Trump, aplaudió a este cuando declaró su guerra comercial contra China, y que la supuestamente izquierdista Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara, aplaudió con euforia el anuncio de Trump de respaldar al venezolano Juan Guaidó para el intento de derrocar al presidente Nicolás Maduro.

Para ellos es necesario e indispensable convertir a China en enemigo. Pero, ¿hasta qué punto puede ser enemigo un país que los está salvando de la ruina económica?

Importancia estratégica de los hidrocarburos

En nuestra crónica del domingo pasado mencionamos la tremenda importancia estratégica que tienen los yacimientos petrolíferos y de gas natural para Estados Unidos.

Los más ricos yacimientos del mundo, comprobados, en estos momentos se encuentran en Rusia, en Arabia Saudita y en Venezuela. En esos yacimientos el petróleo y el gas se extraen con un costo abrumadoramente más bajo que en los yacimientos de Estados Unidos.

Y, oiga, el petróleo, específicamente, es la sangre vital de todos los ejércitos y todas las guerras del mundo. Hasta ahora, y al parecer por muchas décadas más, no habrá  ninguna fuente de energía que pueda compararse o competir con el petróleo.

El petróleo se recuperó subiendo por encima de los 20 dólares el barril durante la semana y se espera que se pueda estabilizar entre 25 y 30 dólares. Eso permite que las petroleras estadounidenses no quiebren, pero aun así no tendrán utilidades.

De allí la necesidad de echar mano a los inmensos yacimientos petroleros venezolanos que ya es algo apremiante este año.

“El petróleo, específicamente, es la sangre vital de todos los ejércitos y todas las guerras del mundo. Hasta ahora, y al parecer por muchas décadas más, no habrá  ninguna fuente de energía que pueda compararse o competir con el petróleo”

El caso Venezuela

Este año comenzó desastroso para las expectativas de Estados Unidos en términos de instalar en Venezuela un gobierno dócil a sus exigencias estratégicas.

Ya el 5 de enero, y apegándose a la Constitución venezolana y al Reglamento de la Asamblea Nacional, un bloque de parlamentarios chavistas llegó a acuerdo con un grupo de parlamentarios de oposición, contrarios a la dirigencia de Juan Guaidó. Esto, para realizar nueva elección de nueva Junta Directiva del Congreso.

Guaidó, al enterarse, intentó boicotear la elección, y de hecho lo filmaron en momentos en que se negaba a entrar al Congreso exigiendo que se permitiera también entrar a otro diputado que estaba bajo prohibición disciplinaria.

Tras dos horas de negativa de ingresar, los diputados simplemente cerraron la puerta y dieron comienzo a la votación para elegir la nueva directiva. Al darse cuenta de que la elección había comenzado ya, y se habían cerrado los accesos, Guaidó intentó ingresar, y fue entonces que armó el espectáculo de encaramarse a las rejas del edificio, tratando de entrar, lo que por supuesto fue también filmado y difundido en todo el mundo.

Luego, junto con un grupo de sus partidarios más fieles, se dirigió al edificio del diario El Nacional, de Caracas, equivalente a El Mercurio de Santiago.

Allí improvisó una sesión parlamentaria, llamó a votación y, según él,  fue confirmado como presidente del Congreso. Aunque no presentó documentación, Guaidó afirmó que recibió 100 votos.

Por su parte, en el Congreso, la lista ganadora sí documentó mediante grabación todo el acto eleccionario por el cual la lista encabezada por el diputado Luis Parra, del Partido Primero Justicia, opositor a Maduro, había ganado obteniendo 81 votos, contra 59 en favor de Guaidó.

Es decir, en la elección, probadamente, participaron 140 diputados, de un total de 167. O sea, es aritméticamente imposible que Guaidó haya recibido esos supuestos 100 votos que por supuesto no le quedaron documentados.

La lista vencedora quedó integrada por los diputados Luis Parra, de Primero Justicia, Franklin Duarte, de Copei o sea Democracia Cristiana; José Noriega, de Voluntad Popular, Negal Morales, de Adeco, Social-Demócrata, y Alexis Vivenes, también de Voluntad Popular.

Si bien se declararon críticos y dispuestos a fiscalizar al gobierno de Maduro, los recién elegidos diputados fueron reconocidos por el Ejecutivo y también por el Poder Judicial.

Sin embargo, la coalición encabezada por Estados Unidos se negó una vez más  a reconocer una elección venezolana y Guaidó siguió siendo considerado como legítimo jefe de Gobierno de Venezuela.

Guaidó siguió haciendo llamamientos a movilizaciones contra el Gobierno, sin lograr una respuesta pública. Se produjeron algunos ataques armados contra objetivos gubernamentales, incluyendo el asesinato, el 22 de febrero, del capitán del barco petrolero San Ramón, surto en el Puerto La Cruz, por elementos armados que subieron a bordo y abrieron fuego, dándose luego a la fuga.

El 26 de marzo, el gobierno de Donald Trump acusó al gobierno de Nicolás Maduro de, fíjese Ud., participar en un gigantesco tráfico, de toneladas y toneladas de cocaína, obteniendo miles de millones de dólares.

Asimismo anunció una recompensa de 15 millones de dólares a quien facilitara capturar al presidente Maduro para ponerlo a disposición de Washington. Y otras recompensas del orden de los 10 millones de dólares cada una se ofreció facilitando la captura de otros miembros del Gobierno, incluyendo el vicepresidente Diosdado Cabello y otros ministros.

El 28 de marzo, el gobierno de Rusia compró la totalidad de las acciones petroleras de Venezuela, en poder de la petrolera Nosneft, rusa. Con ello quedó establecido que cualquiera acción contra Petróleos de Venezuela (Pdvsa) sería ahora también una acción contra el Estado ruso.

Y el 2 de mayo, el gran crucero turístico blindado Resolute, de bandera portuguesa, embistió con su espolón de rompehielos a la patrullera Naiguata, de la Marina venezolana, que intentaba investigar su carga. El crucero hundió a la patrullera de inmediato.

Luego se dio a la fuga, sin detenerse a rescatar a los náufragos, y se asiló en las islas de dominio holandés, sin permitir que se investigara ni su cargamento ni a sus pasajeros.

Ya se había denunciado que buques de ese tipo estaban transportando clandestinamente armamento y terroristas para actuar contra el Gobierno, según la propuesta formulada por Trump.

Fue en ese contexto que se produjo el desastroso intento de incursión armada, en la madrugada del 5 de mayo.

Ciertamente, Trump no ordenará una invasión militar contra Venezuela. En gran medida, porque sabe que la actual capacidad defensiva venezolana, dotada de modernísimo armamento ruso, incluyendo misiles de alta efectividad, haría que esa invasión tuviera un costo desastroso en pérdidas materiales y humanas para Estados Unidos, incluso si obtuviera una victoria.

A ello se agrega que atacar a Venezuela implica necesariamente una acción de guerra contra intereses de Rusia y de China establecidos en el país.

Más allá de los detalles sobre la patética intentona de incursión, los próximos días estarán llenos de acontecimientos de alto impacto estratégico. Sin duda habrá cambios profundos en nuestra América y más allá.

Hasta la próxima, gente amiga. Hay peligros más insidiosos y mortíferos que el coronavirus de Wuhan.

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Ruperto Concha Analista internacional