Por Cherie Zalaquett

El pasado 11 de abril fue un día aciago para el periodismo de contrapoder y un triunfo avasallador para el régimen de posverdad del sistema de medios hegemónicos. Julian Assange, fundador del portal Wikileaks, fue arrestado por autoridades británicas en la Embajada de Ecuador en Londres, luego que el presidente, Lenín Moreno, le quitara el asilo diplomático.

La captura  de Assange violó el derecho internacional  humanitario y la propia carta constitucional de Ecuador, que impiden la entrega de asilados políticos. Su cuestionado arresto ocurrió poco después que Wikileaks publicara los INA Papers, un caso de corrupción que involucra al presidente Moreno y a su familia en presunto enriquecimiento ilícito.

Assange lleva ocho años perseguido por Estados Unidos después de haber publicado documentos secretos que revelaban torturas, crímenes de guerra y espionaje diplomático. Precisamente, cuando se había convertido en el héroe mundialmente reconocido del cyberperiodismo más grande de todos los tiempos –premiado en 2009 por Amnistía Internacional, y apoyado por funcionarios de la ONU– comenzó su estrepitosa caída libre en una trama de acusaciones delictuales.

En Suecia, dos mujeres lo culparon de haberlas violado en una estadía que hizo en 2010, siendo reclamada su extradición. Aunque Assange se declaró inocente y se reivindica como activista de la libertad de expresión, la Corte Suprema de Reino Unido falló en su contra, precipitando su refugio en la Embajada de Ecuador en 2012. 

El futuro de Assange es incierto: corre peligro de ser extraditado a EE.UU., donde podría enfrentar condenas de cárcel por piratería informática. Pero el riesgo mayor es que lo acusen de espionaje, lo que ameritaría pena de muerte. Se espera que su equipo de abogados –integrado por el exjuez Baltazar Garzón, comprometido con los derechos humanos– pueda contribuir a garantizarle un juicio justo. Así lo han demandado intelectuales y artistas estadounidenses, como Noam Chomsky, Oliver Stone y Michael Moore, quienes critican las prácticas inquisitoriales contra el portal Wikileaks.      

La prisión de Assange constituye una señal amenazante para todos los periodistas del mundo que intenten revelar prácticas de dominación, abuso de poder y corrupción en las democracias liberales de hegemonía euronorteamericana. Precisamente, su acto más subversivo fue mostrar la cruda realidad de violaciones a los derechos humanos y asesinatos de víctimas civiles, en la democracia liberal más estable y poderosa del mundo.  A partir de ese momento, las autoridades norteamericanas lo calificaron de “terrorista de alta tecnología”.  

Las revelaciones de Assange sobre los crímenes de guerra en Irak y Afganistán, humillaron al periodismo de los países del Primer Mundo que cubrieron esos conflictos.  Particularmente abochornadas quedaron cadenas internacionales como CNN y Fox, cuyos reporteros iban a bordo de los tanques, como si estuvieran filmando un raid en el desierto, sin investigar ni profundizar en los crímenes de lesa humanidad que allí se estaban perpetrando.

No obstante, el momento histórico para un periodismo independiente era muy adverso. La tardomodernidad neoliberal había cooptado al periodismo investigativo capaz de derribar gobiernos en Estados Unidos. Muy atrás había quedado un pasado esplendoroso que destapó Watergate (1972) causando la caída del presidente Nixon. Y antes, la publicación de “Papeles del Pentágono” (1971), en que Daniel Elsberg filtró documentos secretos sobre la Guerra de Vietnam y logró el retiro de las tropas norteamericanas. En esos años las revelaciones periodísticas sobre delitos graves del poder estimulaban un debate profundo sobre la libertad de prensa y la seguridad nacional. Así, aunque Elsberg en esa época fue calificado por Kissinger como “el hombre más peligroso de América”, no fue arrestado y su caso se consideraba único en la historia del periodismo norteamericano hasta que apareció Wikileaks.  

Algunos han comparado la revolución informacional de Assange y el portal Wikileaks, con los aportes de Galileo Galilei o la revolución por los derechos civiles en Estados Unidos. Cambió el paradigma clásico del periodismo en la relación con las fuentes de información; planteó nuevos desafíos al rol de la edición con la publicación de documentos sin editar, intentando proteger la información de toda censura, incluida la autocensura del periodista; demostró que este periodismo debe ser producido en una alianza internacional entre diversos equipos situados en distintas zonas geográficas; y que la circulación debe ser planetaria para hacerla accesible a toda la humanidad. 

En un contexto marcado por un periodismo servil a la paranoia de la “guerra contra el terrorismo”, Assange comprendió que Internet había perdido hace rato su carácter emancipador como instrumento de libre expresión, y era más bien la “más peligrosa herramienta para el totalitarismo jamás vista”.  Así aludía al capitalismo de la vigilancia global capaz de rastrear no solo el mínimo movimiento de un individuo, sino también sus pensamientos más íntimos mediante las huellas que deja en la red. Así lo comprueba el aspecto más oscuro de grandes corporaciones comunicativas como Google y Facebook, que han transformado los datos privados de las personas en un lucrativo modelo de negocios.

Assange sabía que la lucha por el acceso a la información y la transparencia en la era de la vigilancia no la iba a comenzar el periodismo tradicional. Era necesario dominar tecnologías informáticas de ingreso a las grandes bases de datos, con archivos digitalizados, encriptados y clasificados como secretos. Había que arriesgarse a transgredir las leyes, porque desde un principio Wikileaks se planteó como excepción legal.  

Por ello, cuando con un grupo de hackers crearon Wikileaks en 2006, instauraron un nuevo concepto: el hacktivismo de la libertad de expresión ejercido en una organización sin patria y sin Estado en la aldea global. Su objetivo fue romper los límites de la censura, los secretos de Estado utilizados para encubrir la violación de las leyes internas y los tratados internacionales. Ya no se trataba de un periodismo que confía en las “fuentes”, oficiales o anónimas, que canalizan la información relevante para la ciudadanía en democracia. Había que conseguir directamente las pruebas archivadas en bases de datos  confidenciales, caratuladas con prohibición de informar. Asi nació el hackperiodismo de contrapoder.

Los lineamientos éticos de Wikileaks pretendían ir más allá de los medios tradicionales, que casi siempre negocian con el poder. La suya era la “ética hacker” que afirma que ningún ser humano debe ser privado de ningún tipo de información ni del acceso libre al conocimiento y a las tecnologías. Una ética que como dice el académico español Carlos Elías, sospecha de las estructuras de poder establecidas y confía más en los computadores como herramientas para luchar contra la alienación del ser humano y la búsqueda de la verdad.

Aunque para el poder hegemónico se trata de un código delictual, es también una ética de emancipación; se inscribe en una filosofía ética de la liberación que, desde los 70, ha marcado la producción de pensamiento en América Latina. Toda una generación de filósofos liberacionistas, entre ellos Aníbal Quijano, han conceptualizado la dominación capitalista como sistema de desigualdad estructural en el marco del colonialismo imperial eurocéntrico. Más aún, Enrique Dussel señala que en la era de la globalización y la exclusión, es más necesaria que nunca una ética de la liberación que se realice mediante la resistencia de las comunidades organizadas contra el dominio global.

Si Assange es un utópico adelantado a su propio momento histórico o un simple delincuente y acosador sexual, solo el tiempo lo perfilará con sus luces y sus sombras.

WIKIREBELS

Director: Jesper Huor y Bosse Lindquist

Producción: Jesper Huor y Bosse Lindquist

Género: Documental

Duración: 57 minutos

Año de estreno: 2010