Por Carla Espósito

Hoy tendría que escribir sobre temas tan importantes como el último bombardeo en Gaza, los niños asesinados y el silencio mundial que lo encubre; o sobre el mega deslizamiento en La Paz que se llevó cerca de 60 viviendas consigo dejando literalmente sin nada a esas familias; o quizás del devastador informe de la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) de la ONU, publicado hace unos días y que dice que gran parte de la naturaleza ya está perdida y lo que queda continúa en declive. Pero no, no podré escribir sobre ninguno de esos importantes temas porque me veo obligada a ocuparme de otro que es por demás desagradable.

Mi identidad fue suplantada y alguien abrió un correo falso con mi nombre desde una cuenta cifrada. Quien haya sido se tomó el trabajo de buscar algunos de mis artículos publicados en el semanario La Época, de leerlos cuidadosamente, alterar sustancialmente su contenido y distribuirlos en periódicos digitales de amplia circulación como Rebelión. Los artículos alterados incluyen juicios de valor que no sostengo y menciones ofensivas contra varias autoridades. Es difícil interpretar un hecho como este o entender de dónde viene y por qué sucedió ¿Es personal? ¿Es político? ¿Cuál es el interés que existe por detrás? ¿Alguien busca dañar mi imagen? ¿Con qué fin? O por el contrario, ¿buscan es dañar la imagen de La Época?

Ignoro si otros columnistas sufrieron un ataque semejante. Hay quienes ven en esto una faceta de la guerra de cuarta generación. Creo que es exagerado pensar algo así, porque carezco de poder, no soy una persona influyente, solamente escribo dos veces al mes en el mentado semanario y esa es mi única esfera de influencia. No vivo en Bolivia, sino en México, me dedico totalmente a actividades académicas y estoy alejada de la política, entonces, ¿por qué tendría que ser yo un blanco de esa guerra? ¿Por qué ocuparse de mí?

Quizás lo que sí soy es un escudo, un nombre tras el cual gente cobarde se esconde para decir lo que piensa y no se atreve usando su propio nombre. ¿Me amedrenta? No. Pero me preocupa. Me preocupa la osadía, la falta de ética y la vulnerabilidad a la que estamos sometidos quienes escribimos.

La suplantación de identidad por internet debería ser considerado un crimen digital, de hecho en otros países está tipificado y se vincula a otros delitos conexos, la misma ONU lo reconoce entre los crímenes cibernéticos; sin embargo, no está tipificado en Bolivia, lo estuvo en el código penal abortado, pero actualmente no existe una norma, no existe un lugar al cual acudir para denunciar un daño de esta naturaleza. Nadie nos protege de este tipo de ataques. Los crímenes digitales gozan de total impunidad en este país.

Más allá de lo personal o aislado que pueda resultar mi caso, considero que debe tomarse en cuenta como un antecedente de situaciones similares pero con repercusiones más amplias. Sea o no este hecho parte de una guerra de cuarta generación, ésta existe y de lo ocurrido aprendí lo poco preparados que estamos para enfrentarla, lo poco que sabemos de cuentas cifradas, lo difícil que es denunciar este tipo de delitos, lo fácil que es abrir cuentas fantasma y dañar la imagen de las personas. Todos somos vulnerables, cualquier figura pública puede ser atacada, cualquier persona puede ser afectada. Nuestra vulnerabilidad frente al internet y las redes es enorme, ese es un signo de los tiempos en que vivimos.

Agradezco a La Época su apoyo y su solidaridad. Agradezco personalmente a Hugo Moldiz, su Director, que se ocupó personalmente de realizar las aclaraciones correspondientes en Bolivia. Pido disculpas públicamente por cosas que fueron dichas en mi nombre y sin mí consentimiento. Seguimos adelante, no estoy amedrentada ni tengo miedo.

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Carla Espósito Socióloga